Es lunes por la mañana, y ya amaneció. El loco espera en la parada, mientras el joven sale de su casa. Para ambos en un buen día. El joven hoy se ha levantado enérgico y diligente. El loco, que no durmió en toda la noche, ve su soledad, y ríe en un pequeño espasmo. Ambos se encuentran, esperando el colectivo. En un primer momento, el joven se acerca temeroso, ya que el otro personaje le resulta imprevisible, y esto lo asusta. Para el loco, el joven es una figura atípica, con vida propia, un amasijo de colores y emociones, que lentamente va haciendolo vibrar. Está deseoso quebrar su soledad con algo.
Finalmente, ambos se acercan. La parada de colectivo se disuelve lentamente, en el climax de la situación. Ninguno hace nada, ninguno redige sus emociones hacia el otro (el joven, por puro miedo, el loco, incapacitado está). Y el volcán se apaga. El loco mira fijamente al joven y ríe muy fuerte. Pero no es una risa dolida. Rapidamente, las lágrimas empiezan a brotar de los ojos del joven. Pero el manantial rápidamente se limpia. Ambos dos sueltan sus emociones, de forma luminosa brillante. Y el joven, tímido al principio, abandona su llanto para reír también.
El colectivo tarda, y la euforia mengua. Pero ambos dos sienten como se ha establecido un vínculo eterno entre ellos.
Para cuando la gente aparece en la parada, sólo hay un sujeto en ella, que mira a la nada, y ríe ocasionalmente. Mala suerte para ellos, piensa el joven-loco. Quizá, algún día, ellos también encuentren una parte de sí mismos en su camino, y puedan dejarla subir al vuelo, dejandola soltar lo que tiene para darles. Pero el loco-joven no piensa en esto. Sólo ríe, arbitrariamente, y deja que la luz brille sobre sus dientes.
Inconsciente en colectivo
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